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En este año de 2015 se conmemora el centenario del nacimiento de Orson Welles (1915-1985), director de cine estadounidense que además fue actor, guionista y productor; trabajando además  en el campo del teatro y la radio, en los que obtuvo excelentes resultados. Era conocido por su amor a España por lo que rodó varias películas en tierras españolas y cultivó la amistad de figuras conocidas del mundo de los toros de la época. Después de su muerte las cenizas de Welles fueron depositadas en el municipio malagueño de Ronda, en la finca de San Cayetano, propiedad de su amigo y matador de toros Antonio Ordóñez, según tal y como había expresado.

 

La mejor manera de recordarlo es volver a ver una de sus películas y entre ellas he elegido “El cuarto mandamiento” (The Magnificent Ambersons), del año 1942. Fue la segunda película de Welles, tras Ciudadano Kane, y en esta película volvía a dirigir y a escribir el guión, aunque esta vez no interpretaba ningún papel. La película está basada en una novela de 1918 que había escrito Booth Tarkington y que había ganado el premio Pulitzer en 1919.

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Según el propio Welles, la manipulación ejercida sobre la película por la productora RKO es enorme. Cuarenta y cinco minutos, donde se encontraba el núcleo de la película fueron suprimidos y la secuencia final no fue escrita y dirigida por él. El montaje final de la película duraba 131 minutos, algo excesivo para una película de estas características y tras unos preestrenos desastrosos, tuvieron que cortar hasta dejarla en 88 minutos. Agnes Moorehead fue nominada al Oscar a la mejor actriz secundaria, y la película logró nominaciones como mejor película, mejor montaje, mejor dirección artística en blanco y negro y mejor fotografía en blanco y negro.

François Truffaut dijo en su momento:

“Si un día se tuviera que elaborar un catálogo del cine con mayor sensibilidad, El Cuarto Mandamiento debería ocupar un buen lugar junto a las películas de Jean Vigo”.

 

SINOPSIS: A finales del siglo XIX la mansión Ambersons es la más fastuosa de Indianápolis. Cuando su dueña, la bellísima Isabel es humillada públicamente, aunque de forma involuntaria por su pretendiente Eugene Morgan, lo abandona y se casa con el torpe Wilbur Minafer. Su único hijo, el consentido George, crece lleno de arrogancia y prepotencia. Años más tarde, Eugene regresa a la ciudad con su hija Lucy y George se enamora de ella.

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